El ideario reformista en la actualidad

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Prólogo de Ángel Plastino (ex presidente de la UNLP) en el libro del doctor Fernando Tauber: “Hacia el segundo manifiesto: los estudiantes universitarios y el reformismo hoy”

Estamos frente a un libro que aborda una temática trascendente para el devenir del país. En las siguientes líneas intentaremos explicar las razones para tal aseveración.

Las universidades juegan un rol significativo en la configuración de economías y sociedades. Crean y diseminan conocimiento, desarrollan capital humano y, en forma creciente, van asimilando a los sectores productivos su creación intelectual. Las instituciones universitarias, su tarea pedagógica y las infraestructuras que las sostienen, han mostrado una notable consistencia a través de los siglos. Una rápida mirada a la primera universidad, la de Bologna, fundada en el año 1087, encuentra rasgos claramente reconocibles en las universidades de hoy.

Sin embargo, estas instituciones enfrentan hoy nuevos retos ante las importantes transformaciones que acontecen en el siglo XXI. El nuevo milenio viene acompañado de cambios socioeconómicos drásticos y dramáticos que encuentran a la institución universitaria en una posición estratégica de enorme relevancia, con responsabilidades inéditas y posibilidades múltiples en relación con la sociedad que la mantiene y la alberga.

El avance científico-técnico es, a la vez, causa y parte inescapable de la respuesta universitaria a las exigencias de los tiempos. Se torna cada vez más indiscutible la necesidad de compenetrarse plenamente con el avance tecnológico en todos los aspectos operacionales del funcionamiento académico, se trate de administración, enseñanza, investigación o aprendizaje.

Es, pues, indispensable replantear, en nuestro medio, las grandes ideas de la Reforma Universitaria cordobesa del 18, a fin de examinar críticamente si se ajustan a la nuevas exigencias y demandas. Y este es el tema desarrollado en la presente obra del doctor Tauber, cuya aparición no podría ser más oportuna.

Al intentar repensar los destinos universitarios con vistas a un mejor encuadre en el siglo que se está iniciando conviene partir de ideas básicas. Una de ellas es la de que el destino del sector productivo nacional concierne a todos, pero más que a nadie a la universidad. Esto fue de alguna manera entrevisto por los pioneros del 18, pero no tal vez con la nitidez necesaria hoy.

Tradicionalmente, se distinguen tres grandes sectores, denominados primario, secundario y terciario, respectivamente. El primario comprende las actividades de extracción directa y sin transformaciones de bienes de la naturaleza. El sector primario suele jugar un rol decisivo en los países en desarrollo como el nuestro.

Este sector es motor de los demás, ya que sin materia prima no se hace nada en este mundo. Por ende, el primario promueve al sector secundario o industrial, así como el secundario promueve al terciario, o de servicios, que comprende aquellas actividades que no producen bienes tangibles, pero son necesarias para el funcionamiento de la economía. Está integrado este tercer sector por una variada gama de actividades dedicadas a prestar servicios de apoyo a la actividad productiva, al cuidado personal y de los hogares, a la cultura de la población, etcétera. Son los servicios dados, por ejemplo, en los comercios en los que se vende lo producido en los sectores primario y secundario. La sociedad postindustrial en la que vivimos desde 1990 agrega un nuevo sector, de reciente concepción: el cuaternario o de información –implícito en el concepto de “sociedad de la información” o “sociedad del conocimiento”, cuyos antecedentes se remontan al concepto de sociedad postindustrial, acuñado por Daniel Bell en los 60–, que complementa a los tres sectores tradicionales con actividades relacionadas con el valor intangible de la información, abarcando la gestión y la distribución de la misma. Dentro del mismo se engloban actividades especializadas de investigación, desarrollo, innovación e información. Este, como señalamos, incluye servicios altamente intelectuales y, si bien tradicionalmente se lo consideraba parte del terciario, su importancia, cada vez mayor y diferenciada, ha hecho que ya se lo reconozca como un sector independiente. Incluye la industria de alta tecnología robótica-informática computacional, las telecomunicaciones y algunas formas de investigación científica, así como la educación superior, la consultoría y la industria de la información. El sector cuaternario puede ser visto como aquel en el que las empresas invierten con la perspectiva de asegurar futuras expansiones. Buena parte de las concomitantes investigaciones es dirigida hacia la reducción de costos –a fin de competir razonablemente–, expansión de mercados, producción de ideas innovadoras, nuevos métodos de producción y manufactura, etcétera. Para muchas industrias, como las grandes farmacéuticas, este sector es el más valioso, puesto que crea futuras líneas de productos, de los que la actividad industrial se beneficia a corto plazo. Argentina tiene grandes oportunidades en tal temática.

Este sector cuaternario no existía en 1918, pero la responsabilidad de las instituciones universitarias en su conformación es crítica. El tema cae, pues, fuera del ideario del 18, que no podía concebirlo ni imaginarlo. Una universidad que no se ocupe hoy del sector cuaternario no está cumpliendo acabadamente con su misión y responsabilidad. Si pretende servir realmente a su sociedad debe pertenecer, necesariamente, al mismo. Las universidades tradicionales integraban el terciario, y lo siguen haciendo en buena parte del tercer mundo, resultando así piezas de museo inútiles y costosas. Centros de mera enseñanza sin investigación ni extensión, carentes de contactos íntimos y fluidos con el sector productivo, se convierten de este modo en meras caricaturas de lo que debe ser una verdadera universidad. Desde ya, una enseñanza que se da en el “vacío”, sin tales vínculos, no puede nunca ser de excelencia. Es mero coto de intereses privados que proporciona buenos empleos. Se deduce, entonces, que la universidad es palanca crítica para la promoción del desarrollo económico, por lo que conviene detallar sus principales (pero no únicas) responsabilidades ante la sociedad, la mayor parte de las cuales no está contemplada por el ideario Reformista: producción de conocimiento, fundamentalmente por medio de la investigación científica; transmisión de ese conocimiento mediante la educación y la formación continuas; difusión a través de los modernos procedimientos informático-comunicacionales; explotación inicial de nuevos procesos y productos, por medio de la innovación tecnológica, en parques universitarios de innovación –la UNLP tenía uno en Florencio Varela–, incubadoras de empresas, convenios con organizaciones productivas, etcétera; ayudar al sector productivo a “digerir” y “asimilar” nuevos conocimientos y tecnologías producidos en otras regiones del mundo; formación del mayor número posible de recursos humanos bien capacitados en áreas estratégicas para la producción, el crecimiento y el desarrollo, tarea crítica para el progreso y crecimiento económico-social.

Áreas estratégicas son hoy la ingenierías –es común incluir en tal denominación a la Agronomía, la Veterinaria y la Informática– y las ciencias exactas y naturales. La proporción de alumnos universitarios de Argentina en estas carreras estratégicas no alcanza el 10% del total. No llega así a reponerse aquella parte de la población que trabaja en tales rubros y se retira de la actividad por razones de edad.

Esto sucede en un marco global que hace de tal tipo de formación una prioridad absoluta si se desea mantener y acrecentar el ritmo productivo. El mercado local ya no puede abastecerse de estos profesionales y comienza a contratar estudiantes a los que aún les falta bastante para completar su formación de grado.

Debe considerarse, además, que la población estudiantil universitaria global en Argentina es un porcentaje muy bajo respecto de la población total del país y debiera al menos duplicarse rápidamente. Del relativamente escaso número de alumnos que completan los estudios secundarios y aspira a continuar los terciarios se sabe, estadísticamente, que únicamente uno de cada cinco llega a graduarse. Y, peor aún, que se retrasa la edad de egreso universitario hasta los treinta años o más, por varios factores. Uno de ellos es que las carreras tienen una duración de seis a ocho años, mientras que en los países de la Unión Europea y los Estados Unidos es de cuatro (Acuerdo de Bologna). Nuestras carreras universitarias son demasiado largas.

¿Puede la universidad en Argentina, con su configuración actual, atacar con algún grado de éxito tal problemática? Si las tendencias arriba descritas no cambian, podríamos tornarnos un país inviable, aun como mero productor primario, pues tal tipo de producción está hoy tan tecnificada que no puede sostenerse sin mano de obra altamente calificada. El bajo número de estudiantes universitarios obedece a razones económicas, por una parte, pero también a las falencias de la educación secundaria, por la otra. El número y monto de becas estudiantiles es hoy simplemente risible, desde la perspectiva del mundo desarrollado. Pero, por otro lado, los jóvenes no egresan del nivel medio lo suficientemente calificados, muestra de ello es que hay casas de altos estudios en Argentina que están obligadas a implementar programas de comprensión de textos para sus ingresantes.

Las naciones no sobreviven indefinidamente porque sí, habría que considerar el riesgo de la estabilidad de Argentina, en el mediano plazo, ante la falta de un número suficiente de graduados universitarios calificados.

No hay garantías en este sentido. Algunas propuestas de acción que aliviarían mucho la situación, y tal vez la revertirían, pueden plantearse ya mismo. Involucran inversiones importantes, pero mucho menores que las de los numerosos y variados tipos de subsidios al sector privado que circulan actualmente.

También los métodos de enseñanza han sufrido cambios profundos. Lo que más importa no es tanto “cuánto”, ni los detalles del “qué” se enseña, sino “cómo” se lo hace.

Interesa inculcar determinados conjuntos de destrezas y actitudes (de innovación, empresarial, de buscar y explorar, etc.). Surge así en forma natural el “aprender a aprender”. Esta es, sin duda, la habilidad más importante en un mundo en el que la digitalización de la información hace que parte, o aun la totalidad, del quehacer asociado a muchos empleos se transforme radicalmente, se automatice o se desplace a otra región del mundo en la que los salarios sean más bajos. Una persona debe estar en condiciones de absorber y enseñarse a sí misma formas alternativas de realizar tareas preexistentes y la manera de afrontar nuevos esquemas de actividad asociados a nuevos productos o servicios. En la sociedad globalizada emergen permanentemente nuevas industrias y originales tipos de tareas, en tanto que ocupaciones tradicionales pueden dejar de existir sin previo aviso. ¿Alguien recuerda a los perfoverificadores?

De modo que lo que importa hoy realmente no es tanto lo que se sabe sino lo que se es capaz de aprender rápidamente. Insistamos en que muchos tipos de conocimiento se van tornando irrelevantes y anticuados más velozmente de lo que creemos. Para “aprender a aprender” es necesario tener interés en “algo” específico. A medida que este “algo” se va dominando, inevitablemente se comienza a disfrutar el proceso de aprendizaje.

Y la clave de este proceso radica en que el docente genere motivación: ella es la base para el desarrollo de los dos componentes psíquicos claves del “aprender a aprender”: curiosidad y pasión. Quienes las sientan poseerán una ventaja decisiva para afrontar el incierto futuro “globalizado”. Y hoy, quienes experimentan curiosidad y pasión por un hobby o por alguna actividad cultural, científica, técnica, industrial o artística tienen a su disposición un repertorio enorme de herramientas para cultivarlos y perfeccionarlos, en muchos casos en forma gratuita o fácilmente asequible a través de la web. Las oportunidades educativas específicas son ilimitadas, aun sin ayuda gubernamental o empresarial. El planeta está ávido de este tipo de personas con curiosidad y pasión, que constituyen el motor de la innovación.

Hemos visto cuán grande es la responsabilidad de la universidad frente al siglo XXI. No hay otra institución que pueda encarar y planificar las respuestas sociales a los desafíos que nos presenta el mundo globalizado. Si pretendemos que la sociedad tome nota de tal situación, es obvio que los propios universitarios no podemos ignorarla. Debemos advertirle respecto de lo que le espera.

En este marco es imprescindible revisar críticamente el ideario reformista en el que se desarrollan mayoritariamente las actividades de la universidad pública de Argentina.

Nuestra responsabilidad es entonces máxima, y a ello responde el interés que reviste este libro.